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Un pésimo momento de la ONU
Carlos Taibo


A medida que los días pasan, parece confirmarse que el equipo de la Organización de las Naciones Unidas encargado de fiscalizar el desarme iraquí pasó información de relieve a Estados Unidos. Las cosas como están, poco importan ya los eventuales desmentidos: lo realmente inquietante es que, en la red de relaciones internacionales de este fin de siglo, semejante comportamiento apenas puede causar sorpresa.

Las noticias han llegado, por lo demás, en un momento que se anunciaba halagüeño para el más importante de los organismos internacionales. Porque, al fin y al cabo, los fastos del 50º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos repercutían favorablemente sobre la imagen de la ONU, y otro tanto parecía llamado a ocurrir -bien es verdad que en virtud de un camino más alambicado- con la venturosa detención del general Pinochet. Conforme a un criterio muy extendido, quienes durante largos años habían puesto el dedo en la llaga de la inactividad que mostraban tantas instituciones condenadas a enunciar retóricos principios tenían buenos motivos, por fin, para guardar silencio.

Pero la crisis iraquí ha hecho añicos, en unas pocas horas, tantos fastos artificiales y nos ha devuelto a la realidad. No deja de ser significativo que las malas noticias para la ONU hayan llegado del mismo escenario que siete años atrás parecía ofrecer -a los ojos de un puñado de ingenuos y de un grupo mucho más nutrido de mezquinos geoestrategas- el modelo de un nuevo orden en el que las transgresiones del derecho internacional eran objeto de pronto y universal castigo.

Para quienes por ella se dejaron sojuzgar, la ilusión se ha desvanecido, y bien pronto. Las sucesivas acciones armadas de Estados Unidos en Irak han vuelto a poner de relieve, con singular y obscena contundencia, las miserias de un orden internacional que recuerda en demasía a viejos caprichos e imposiciones. En ese orden, y por lo pronto, ocupa un lugar decisivo una dramática supeditación de la ONU a los intereses de las grandes potencias, y en particular de Estados Unidos. Nos encontramos, en otras palabras, ante una activa institucionalización de lo que ya en la guerra de 1991 se hizo evidente: la ONU ofrecía por vez primera un franco paraguas legitimador a las acciones, y con ellas a los intereses, de uno de sus miembros. Entonces como ahora, el máximo organismo internacional era cualquier cosa menos un parlamento mundial de estados democráticos en el que se discutían, en pie de igualdad y con arreglo a normas previamente estatuidas, los problemas del planeta.

La principal consecuencia de lo anterior no ha sido otra que la aplicación sistemática de lo que en la jerga al uso ha dado en llamarse el doble rasero. El propio ejemplo iraquí, que resulta al respecto particularmente ilustrativo, coloca en una delicadísima posición a todo el sistema de la Organización de las Naciones Unidas: mientras la anexión de Kuwait por Irak provocó una rápida y contundente reacción en los primeros meses de 1991, estados como Israel o Marruecos pueden permitirse una sistemática y prolongada inobservancia de un sinfín de resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Si a los amigos se les obsequia, en el mejor de los casos, con livianas llamadas al orden, a los enemigos -y en este caso su condición de tales viene definida, y con claridad, por razones de cariz geoeconómico- se les castiga con proverbial crueldad y, las más de las veces, en abierto desprecio de las propias resoluciones del Consejo de Seguridad.

Pero resulta obligado subrayar que los problemas de la ONU no acaban aquí. La otra cara de la cuestión la aportan la pesadez de un inmenso, y a menudo inútil, aparato burocrático que, entregado a discursos vacuos, ha demostrado una nula capacidad de respuesta cuando ésta se imponía. Y no hay que ir muy lejos para buscar datos en los que asentar el argumento: en diciembre, Kofi Annan ha preferido callar una vez más ante la enésima agresión norteamericana contra Irak. Acaso la precaria situación presupuestaria de la organización que preside le ha aconsejado prudencia en la condena. No han actuado de manera distinta, por lo demás, ni Rusia ni China, dos potencias en demasía acostumbradas desde tiempo atrás a protestar sin concretar en hechos sus quejas.

En ese mismo escenario tampoco puede sorprender que la Organización de las Naciones Unidas se haya mostrado incapaz de dotarse -más ajustado a la realidad sería afirmar que ni siquiera ha exhibido la inclinación de hacerlo- de órganos propios. Una más de las estrategias contemporáneas la aporta el empleo sistemático de las fuerzas armadas norteamericanas o de los contingentes de la OTAN, como si unos y otros fueran neutros agentes internacionales y el procedimiento no les ofreciese una impresentable legitimación.

El relieve de todo lo anterior a duras penas puede rebajarse tanto más cuanto que no se aprecian horizontes serios de reforma en el ámbito de la ONU. Para tomarle el pulso a la cuestión, bastará con recordar que no faltan patéticas propuestas como la que sugiere la conveniencia de ampliar -curiosa reforma esta- el número de estados con derecho a veto, con la vista puesta en permitir que potencias emergentes como Alemania o Japón pasen a disfrutar de una aberración que ha cortado las alas a muchos de los impulsos que han cobrado cuerpo en los aledaños de la comunidad internacional del momento. Con estos mimbres, lo suyo es que la Organización Naciones Unidas se deslice, y más pronto que tarde, por el camino de un irrefrenable descrédito que hoy por hoy -obligado es reconocerlo- no ha llegado todavía a una opinión pública perfectamente desinformada.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org)

© Carlos Taibo, 1999; © Bakeaz, 1999.
Publicado en El Correo, 20 de enero de 1999.