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Brasil,
por ejemplo
También está equivocada la percepción de la realidad de los principales responsables de la economía mundial. Entre 1993 y 1997, durante la vigencia del plan Real, que permitió al presidente Fernando Henrique Cardoso acabar con la hiperinflación y dar estabilidad financiera a la economía brasileña, el país crecía a un ritmo cercano al 5%, los bancos internacionales (Santander y BBV incluidos) se las prometían muy felices invirtiendo en productos financieros en la región, y el FMI se congratulaba del éxito de sus propuestas aplicadas por el otrora economista crítico y ahora presidente conservador de los 160 millones de brasileños. Pero en esos mismos años, el número de desempleados aumentó en un millón, hasta alcanzar una cifra de diez millones de personas sin trabajo. La economía crecía alimentando un consumo de clase media eufórica, pero la inversión productiva se estancaba en torno al 16% del PIB, una cifra muy baja, incapaz de garantizar la estabilidad del crecimiento; se reducía la producción de bienes de capital en un 14% y los bienes de consumo producidos en el país, que aumentaban a una tasa del 26% anual, se montaban cada vez más sobre partes y componentes importados. El consumo crecía, pero la brecha externa no paraba de agrandarse: las importaciones se duplicaron en tres años, mientras que las exportaciones, basadas cada vez más en productos primarios, sólo aumentaban en una cuarta parte. Pero según el discurso oficial, no había problema: como seguía llegando capital financiero para aprovechar los altos rendimientos (las tasas de interés pasaron del 19% al 29% en esos años), este crédito externo servía para pagar los desequilibrios reales de la economía. El consumo crecía pero los salarios caían: ¿cómo se compadecen una caída en los salarios reales de un 14% en términos reales en las zonas industrializadas del país, con una expansión en el consumo? La creciente producción de vehículos, equipos estéreo, televisores, refrigeradoras, microondas, etc., se basó en un espectacular aumento del crédito interno: ¡entre 1994 y 1996 el crédito para consumo interno se multiplicó por cuatro! Crédito por fuera, crédito por dentro, y a vivir del cuento hasta que el cuento se termina, el sueño se interrumpe y empieza la confrontación con la realidad: mil millones de dólares que salen diariamente del país, las tasas de interés que suben hasta el 40%, y cuatro millones de personas más que pierden sus puestos de trabajo. Fernando Henrique Cardoso ha sido muy hábil para responsabilizar de la situación actual a los "agentes financieros internacionales". Al mismo tiempo, presentándose como el único capaz de atraer hasta la borda del barco que naufraga la lancha salvavidas del FMI, ha logrado que los brasileños de clase media voten por intentar seguir viviendo en el país de las maravillas, donde se puede consumir sin producir, comprar sin vender, gastar sin repartir. ¿Y los pobres? Estos, como su propio nombre indica, no votan, y ni sueños tienen, pues se los han comido por si en algo pudieran aliviar su hambre. El FMI, junto con los flotadores en forma de créditos por importe de decenas de miles de millones de dólares, sólo acierta a recetar una nueva dosis de la misma medicina que ha conducido a los males actuales. Sin embargo, a diferencia de Rusia, donde el caos ha sustituido al Estado saqueado y demolido, en Brasil aún hay sitio para la esperanza. La gran riqueza mineral, la selvática, unidas a un territorio enorme, con una densidad de población baja, un aprendizaje tecnológico desarrollado en gran medida ¡oh paradojas! durante la dictadura militar, un sistema libre de representación social de intereses en forma de partidos políticos, sindicatos, organizaciones campesinas, vecinales, etc., todavía en proceso de maduración pero con una rica experiencia acumulada, una cultura pujante, diversa y sincrética son factores que juegan a favor de Brasil. Una reforma agraria en el norte, un sistema de relaciones laborales y un sistema fiscal que contribuyan a asignar mejor la polarizada distribución del ingreso, son las verdaderas asignaturas pendientes del país. Probablemente no sea durante el nuevo mandato de Cardoso que se vayan a llevar a cabo tales reformas, pues el gobierno actual sigue atrapado en las redes de la financiarización de la política económica. Los 18.100 millones de dólares de FMI, y los 14.500 millones adicionales de ayuda bilateral (entre ellos, la ayuda española, en la que es nuestra mayor contribución bilateral en un solo paquete, que ha pasado sin pena ni gloria por los medios de comunicación) se van a utilizar exclusivamente para dar confianza a los inversores extranjeros. A cambio, Brasil se compromete a reducir el déficit público reduciendo el gasto, y a llevar a delante uno de los programas de privatización más ambiciosos a escala mundial, vendiendo a empresas multinacionales los principales servicios públicos (que automáticamente se convertirán en mercancías privadas) y deshaciéndose del sector empresarial y financiero estatal, reduciendo drásticamente la capacidad de intervenir en la economía desde las políticas públicas. Este programa de "reformas" no sólo no va a lograr que Brasil supere sus principales problemas estructurales, sino que ya han encontrado una fuerte oposición interna, como refleja la negativa del Congreso a aprobar la reforma del sistema público de pensiones -el gobierno pretendía que los cotizantes aumentasen sus contribuciones al tiempo que se reducían las prestaciones obtenidas- o la rebelión fiscal de algunos estados de esta república federal. En todo caso, Brasil es uno de los ejemplos más importantes de como los problemas del subdesarrollo no se resuelven con inyecciones de dinero que siempre llevan su contrapartida escrita en la parte de atrás del cheque. Pero si Brasil logra dar con la fórmula política capaz de resolver el real nudo gordiano de su maldesarrollo actual, la trascendencia histórica será mayor de la que podemos prever. El desarrollo de Brasil significaría el inicio de un nuevo desplazamiento del eje histórico mundial, que sufriría un importante contrapeso, no ya mediante el traslado del Atlántico al Pacífico, como se vaticinaba hace un par de años, sino del Norte al Sur, en un nuevo mapa político-económico en el cual el eje Brasil-Sudáfrica-Australia se contraponga o complemente (según vayan las cosas) con el eje Estados Unidos-Unión Europea-Japón. El FMI está ahí solo para impedir que algo así pueda ocurrir. Joaquín Arriola es profesor de la UPV/EHU y miembro de Bakeaz. ©
Joaquín Arriola, 1999; © Bakeaz, 1999. |