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Un huracán de pobreza
Carlos Gómez Gil


Es difícil escribir con calma y ponderación tras la catástrofe del huracán Mitch y el espectáculo mediático/político/solidario al que estamos asistiendo. Por encima de todo, se piensa en el sufrimiento de tanta gente, de tantos millones de personas a lo largo de décadas y décadas de opresión y dictaduras, de pobreza y abandono, donde hasta las catástrofes naturales se conjuran para hacer de su vida un auténtico tormento.

Una catástrofe ha tenido que ser, una vez más, el elemento catalizador de conciencias que nos permita hablar de todos estos problemas. Ya sean guerras o hambrunas, huracanes o tifones, inundaciones o terremotos, necesitamos tener muertos y damnificados encima de la mesa para que los gobiernos escuchen y las sociedades se movilicen a favor de unos problemas tan desmesurados como sus consecuencias. Pero tenemos que aprovechar estos brotes de solidaridad para reflexionar sobre causas y consecuencias que no se van a solucionar simplemente con una transferencia bancaria, por muy bueno que sea el propósito.

Porque a lo largo de estas semanas, muy poco se viene hablando del equívoco modelo de desarrollo que los países occidentales venían tratando de implantar en estos países, tanto en el plano político como social, económico, ecológico y urbanístico. Ese santo mercado en el que tratamos de situar a los países pobres está en la base de la mala planificación urbana de sus ciudades y poblaciones, en la falta de organización social, en la extrema precariedad a la que se ven abandonadas millones de personas en ciudades, pueblos y comunidades enteras, cuyos países se hallan inmersos en unos procesos de liberalización salvaje que se basa en la exclusión social de los más débiles, que por otra parte han sido siempre la mayoría. Por ello, sorprende que a nadie le merezca una reflexión el hecho de que no ha sido el huracán la causa principal de la catástrofe, sino la pobreza. También algunas políticas de cooperación beben de estas fuentes, fomentando una cooperación partidaria y fundamentalista, bajo la cobertura de un liberalismo rampante que auspicia la realización de negocios sin escrúpulos y se desentiende en definitiva del verdadero destino de los escasos recursos que allí se dirigen.

La cooperación española hacia esta región realizada por la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional y para Iberoamérica (Secipi) y la Agencia de Cooperación Internacional (AECI) ha venido destacando en los últimos años por sus políticas neoliberales, favoreciendo el acceso a los programas de ayuda a organismos ajenos a la cooperación, como la CEOE, que en Nicaragua el pasado año ha obtenido recursos para la formación de empresarios o para la privatización de sectores públicos; destinando importantes recursos presupuestarios a ONG recién creadas, sin experiencia y sin compromiso con las comunidades populares de la región por el simple hecho de ser promovidas por el PP, como la Fundación Cánovas, Pueblos Fraternos o CIPIE, que se han situado como primeras organizaciones subvencionadas en el último año; desviando un número importante de recursos de la ayuda a créditos comerciales que han servido para vender bienes muy alejados de las necesidades de sus habitantes, como los créditos FAD concedidos por España en los años ochenta y noventa, que han permitido importantes irregularidades en el destino final de esos recursos.

Hacía años que se venía insistiendo en la gravedad del problema de la deuda externa para el Tercer Mundo, no sólo por su magnitud, absolutamente impagable para muchos de ellos, sino por la inmoralidad con la que Occidente ha ido incrementándola, sin preocuparse del destino de esos créditos ni del sacrificio que representaría su devolución a las mujeres y hombres de esos países, cuando en realidad poco han visto de esa deuda acumulada, que ha servido para aumentar los arsenales militares y enriquecer a bancos y empresas, cuando no ha permitido a gobernantes corruptos amasar inmensas fortunas.

Y España tiene también una responsabilidad en ello. El país donante que en mayor medida ha venido utilizando sus famosos créditos FAD para canalizar todo tipo de operaciones comerciales alejadas de las necesidades básicas de los países que los recibían, ha acumulado una deuda con el Tercer Mundo superior al billón seiscientas cincuenta y un mil millones de pesetas (1.651.742 millones de pesetas).

Centroamérica ocupa un lugar importante en esa deuda externa, especialmente Nicaragua, uno de los países más endeudados del mundo. A lo largo de estos días, el Gobierno español ha ofrecido una generosa respuesta a este problema, ofreciendo la reestructuración de 8.930 millones de pesetas en tres años (unos 3.000 millones de pesetas/año) a unos países devastados y que van a tardar décadas en recuperarse. Y, por si hubiera dudas del concepto de ayuda que tiene este Gobierno, incrementa el endeudamiento y la pobreza de estos países, concediéndoles más créditos FAD por importe de 18.500 millones de pesetas. Lo que no nos explica este Gobierno es cómo pretende que un país como Nicaragua, con un presupuesto anual de unos 60.000 millones de pesetas (similar al que tiene la Jefatura Superior de Tráfico) y con una deuda externa superior al billón de pesetas (1.020.877 millones de pesetas) va hacer frente a nuevos créditos y pagar la elevada factura que debe.

Parece necesario que la reconstrucción de la región se lleve a cabo a partir de un nuevo modelo de desarrollo en Centroamérica que permita la reformulación de nuevas políticas sociales y urbanísticas, que dote de viviendas e infraestructuras adecuadas a toda la población, que garantice su producción alimentaria y la protección medioambiental de la región, asegurando la salud, la educación, la alimentación y el trabajo para sus gentes, el respeto a sus culturas. Todo ello desde unas bases democráticas verdaderas, desde la cohesión regional que impida imposiciones de organismos como el Banco Mundial, Estados Unidos o incluso la propia Unión Europea. La garantía y el compromiso de unos adecuados flujos de ayuda por parte de los países donantes, y de España en particular, junto al abandono de los intentos de trasplantar un liberalismo depredador que ha condenado a la mayoría a un abandono miserable, a costa de enriquecer aceleradamente a unos pocos, es otra condición indispensable, junto a un compromiso mayor de las ONG en la región, que sin abandonar sus posiciones críticas sean capaces de pasar de la subvención a la transformación, como condición imprescindible para cambiar las estructuras sociales y políticas de los países.

Posiblemente, cuando los medios de comunicación dirijan sus cámaras y micrófonos hacia otro lugar, y las ONG dejen de contar con el apoyo social que han tenido en estas semanas, toda la lírica de estos días se difumine para dar paso a esa sonrisa limpia de remordimiento y llena de dinero con la que algunos responsables políticos miran hacia estos países tan desafortunados; la misma sonrisa que hemos visto estos días al presidente de Nicaragua, Arnoldo Alemán, quien pedía paciencia sin bajarse de su todoterreno a unas mujeres que le imploraban alimentos y le recriminaban su abandono. Poco después, esa misma noche se le veía bailar alegremente en una discoteca de uno de los barrios residenciales de Managua, por supuesto apenas afectado por el huracán. Para que luego digan que sólo hay sufrimiento en Centroamérica.

Carlos Gómez Gil es investigador de Bakeaz y dirige el Seminario de Inmigración
de la Universidad de Alicante (cgomezgil@bakeaz.org).

© Carlos Gómez Gil, 1998; © Bakeaz, 1998.
Publicado en El Correo, 23 de noviembre de 1998.