Ver archivo PDF

 

Crisis, finanzas y poder
Joaquín Arriola


La crisis financiera se ha presentado este verano como la mayor amenaza en el orden internacional. Desde la crisis de liquidez de México en 1996, la inestabilidad financiera se ha incorporado al imaginario colectivo, junto con el fundamentalismo islámico, el terrorismo atómico y el desempleo juvenil, como otra plaga perenne frente a la cual tan sólo cabría adaptarse y protegerse, pero no terminar con ella.

Con la versión más reciente de la crisis en Asia y en Rusia, los economistas tienden a centrar el debate en la capacidad real de las instituciones internacionales, en particular del Fondo Monetario Internacional y el G7+1, de garantizar la liquidez internacional y, por tanto, de evitar una crisis económica general y una recesión mundial. El FMI reconoció hace varios años su incapacidad no ya para controlar, sino ni siquiera para calcular la liquidez internacional (todos los años sus estimaciones de las balanzas de pagos de todo el mundo mantienen una divergencia global entre ingresos y gastos de 100.000 a 120.000 millones de dólares anuales, que no se sabe de dónde salen). Pero los economistas, inasequibles al desaliento, consideran que el problema no es de cantidades, sino de confianza: se controle realmente o no, hay que hacer como que sí, para que no cunda el pánico y no se reduzca el flujo de créditos requerido para financiar las inversiones anuales. Gran parte de la discusión entre los especialistas en economía no se centra en cómo resolver la crisis, sino en qué hacer para evitar que ésta repercuta en Estados Unidos y en la Unión Europea.

En mi opinión esta línea argumental desvía la atención de las verdaderas dimensiones del problema. Desde 1971, cuando el presidente Nixon acabó con el sistema monetario internacional basado en el patrón dólar-oro, estamos asistiendo al lento desmoronamiento del sistema internacional creado a instancias de Estados Unidos y de los países aliados al final de la II Guerra Mundial. Organizar este sistema costó veinte años de crisis general y una guerra mundial, hasta que finalmente apareció una potencia capaz de sustituir a Gran Bretaña en la regulación de la economía internacional.

A finales de 1998, veintisiete años después de que se iniciara el declive formal de Estados Unidos como potencia hegemónica, la situación se parece más a la de 1922-1929 (desplome de la bolsa de Nueva York, desaparición de Gran Bretaña como árbitro del sistema internacional de pagos, crisis de liquidez internacional y estancamiento económico) que a 1944-1948 (definición en Bretton Woods de las nuevas reglas del juego internacional, inicio de un nuevo ciclo de prosperidad y crecimiento económico mundial).

La idea que se transmite a través de los medios de comunicación es que Japón es el eslabón débil de la cadena económica entre los países desarrollados. Sin embargo, que Japón emprenda la reforma y el saneamiento de su sistema financiero, o que ahorre menos y consuma más para poder mantener un mínimo crecimiento económico internacional y evitar la depresión, permitirá evitar una vez más, en el mejor de los casos, la transformación de una crisis financiera internacional en una recesión mundial, pero no acabará con la prolongada crisis estructural del sistema.

El actor principal en esta escena es Estados Unidos, pues solamente de este país depende poder alcanzar el grado de coordinación política necesario para dar una salida a la crisis sin generar una severa depresión económica global. Al no existir una potencia económica y política capaz de tomar el relevo de Estados Unidos, sólo cabe pensar como alternativa en un sistema cooperativo, con autoridades monetarias y financieras mundiales (supranacionales y no internacionales) al estilo del diseñado por Maynard Keynes para la conferencia de Bretton Woods, y que fue rechazado por los norteamericanos deseosos de dejar claro su dominio. El consentimiento de Estados Unidos a una cooperación de esta naturaleza significaría su aceptación de que el ciclo histórico de hegemonía estadounidense se ha cerrado definitivamente. La puesta en marcha de este sistema supondría que los ciudadanos norteamericanos renunciasen al sumo privilegio de tener crédito internacional ilimitado, pues sus deudas externas las contraen en moneda nacional (dólares), que ellos mismos imprimen.

Por lo demás, una lectura geoestratégica de la situación no permite ser muy optimistas con respecto a la viabilidad política de esta solución al problema. Estados Unidos no parece interesado en tirar la toalla y, de hecho, actúa como si se estuviese preparando para una larga batalla. Si repasamos los últimos sobresaltos en el panorama político internacional, en todas partes aparece el interés de Estados Unidos por preservar un acceso privilegiado a los recursos minerales mundiales: los conflictos en el cono sur africano (Angola, Sudáfrica) han terminado al tiempo que se refuerza la influencia norteamericana en una zona productora de petróleo, uranio, diamantes…; los cambios políticos en Congo/Zaire permiten a EE.UU., desplazando a Francia del dominio sobre la región, mantener una influencia privilegiada en este otro enclave minero africano; en Afghanistan, apoyando la pacificación manu militari de los talibanes, para garantizar la instalación de un oleoducto desde el mar Caspio hasta Pakistán que le permita abastecerse del petróleo ex-soviético sin pasar por territorio "enemigo" (Irak e Irán).

La solución a la crisis de la deuda mexicana la aportó la Administración Clinton en forma de 50.000 millones de dólares a cambio de abrir a las multinacionales norteamericanas el negocio del petróleo mexicano, que el gobierno de este país había logrado mantener al margen del tratado de libre comercio norteamericano. Probablemente la amenaza de "cerrarle el grifo" de la financiación externa a Rusia desaparezca cuando este país permita a Estados Unidos participar en el control de su principal recurso de exportación.

Así, mientras el terremoto se desplaza progresivamente de las finanzas a la economía, de ésta a la política, y cuando se deja sentir ya en el terreno de la contestación social, el principal gobierno de la tierra se apresura a garantizar su acceso privilegiado a las riquezas naturales del planeta, desarrollando una política económica cuyo único objetivo es evitar el contagio con la crisis financiera. No puede haber mejor símbolo del escaso interés de los poderosos en que las tribulaciones económicas mundiales tengan solución a corto plazo.

Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org)

© Joaquín Arriola, 1998; © Bakeaz, 1998.
Publicado en El Correo, 30 de septiembre de 1998.