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Lecciones de la crisis rusa
Carlos Taibo


Si hay algo que la crisis rusa de estos días ha vuelto a poner de manifiesto es el predominio de los lugares comunes y el escaso conocimiento que demuestran, entre nosotros, tanto los dirigentes políticos como muchos de los medios de comunicación. Parece como si unos y otros prefiriesen preservar contra viento y marea actitudes y criterios que a duras penas resisten el contraste con la realidad.

Una primera aberración la ofrece el bien conocido, inopinado y acrítico respaldo a la figura de Yeltsin. Al igual que ocurrió en su momento con Gorbachov, y aunque es verdad que ahora sin que medie hechizo alguno, las potencias occidentales han esquivado la búsqueda de otros horizontes para la vida política rusa y, así las cosas, han mantenido su apoyo a un presidente caprichoso, impredecible, carente de proyecto y no precisamente comprometido con las causas de la justicia y de la democracia. Sólo los más ciegos pueden ignorar, por lo demás, la irracionalidad de algunos de sus movimientos más recientes, como es el caso de la recuperación de un Chernomirdin defenestrado seis meses atrás -en virtud, entonces, de su condición de presunto competidor electoral- o del anuncio de que el rublo en momento alguno se devaluaría, realizado sólo unas pocas horas antes de que la moneda rusa empezase a caer en picado.

El segundo vicio de análisis -éste bien visible en el grueso de nuestros medios de comunicación- es la plácida aceptación de la idea de que el Fondo Monetario Internacional (FMI) siempre tiene razón y opera, por añadidura, en provecho de todos y no de unos pocos. Semejante aserción olvida, sin más, un sinfín de datos que inducen a pensar lo contrario: en los escenarios más dispares el FMI ha pujado por la apertura de las economías con la vista puesta en facilitar la entrada de capitales externos y, con ella, el engrosamiento de éstos. No se antoja claro qué es lo que lo anterior tiene que ver, entre tanto, con el bienestar de la población. Los datos de Rusia al respecto -con el desarrollo de dos economías: una para una escueta y dilapidadora minoría, otra para una gran masa lumpenizada- no pueden ser más ilustrativos.

Un tercer escollo en los análisis al uso lo aporta la discusión relativa a la importancia de los créditos exteriores. En este caso es obligado recordar que entre los especialistas hay división de opiniones. Para unos los créditos tienen un relieve decisivo, hasta el punto de que la economía rusa se hundiría de no contar con las inyecciones monetarias correspondientes. Para otros, en cambio, son una gota de agua en un mar de necesidades, se acompañan de cortapisas sin cuento que lo hacen contraproducentes y muy a menudo acaban alimentando, sin más, la especulación y la economía mafiosa. No faltan quienes sugieren, en fin, que las más de las veces la concesión de nuevos créditos por el FMI no responde tanto al designio material de inyectar recursos como al propósito de tranquilizar a los inversores occidentales y evitar así la huida masiva de éstos. Como puede apreciarse a la luz de visiones tan distintas, está cualquier cosa menos clara la importancia de unas fórmulas crediticias que sólo a los ojos de unos pocos son decisivas.

Los acontecimientos más recientes han alimentado, en cuarto lugar, críticas adicionales que identifican una notable ceguera, y una manifiesta falta de flexibilidad, en las instituciones económicas internacionales. Incluso quienes creen a pies juntillas en la bondad del plan de ajuste diseñado para Rusia por el FMI está obligado a recordar dos cosas: por un lado, el plan en cuestión no ha servido para levantar la economía; por el otro, el Gobierno ruso ha mostrado una notable impericia en su aplicación. Con estos dos datos en la mano la razón aconsejaría buscar otras fórmulas y, por qué no, examinar en qué medida algunos de los proyectos que se descalifican como dirigistas pueden sacar al país del atolladero en que se encuentra. No parece, sin embargo, que ni el FMI ni ninguno de los gobiernos occidentales hayan asumido un solo guiño al respecto. Nuestros medios de comunicación, por su parte, siguen preguntándose impertérritos si el Gobierno ruso será capaz de mantener las reformas, en vez de plantearse, como debieran, si tendrá de una vez el coraje de introducir cambios sustanciales en aquellas.

Parece obligado llamar la atención, en fin, sobre las taras de determinada visión de lo que ha sido la economía rusa en los últimos años que se limita a repetir la retahíla autocomplaciente difundida por Yeltsin y sus colaboradores. Conforme a esa visión, desde 1992 el Gobierno ruso había reducido significativamente el déficit público, había mantenido estable el tipo de cambio del rublo y había conseguido situar la inflación en niveles aceptables. Tal enunciado de hechos ignora, claro, datos fundamentales: el carácter especulativo de buena parte de la economía, el formidable desarrollo de oscuros grupos de presión, la continua sangría de capitales extraídos ilegalmente del país, la persistencia de dramáticas reducciones en la producción y, en suma, un increíble ahondamiento de las diferencias sociales.

Que estos últimos datos, por lo menos tan relevantes como los primeros, hayan caído tantas veces en el olvido ilustra bien a las claras hasta qué punto entre nosotros se ha preferido olvidar al ruso de a pie. Semejante olvido parece llamado a tener efectos indelebles si, como es muy probable, la crisis de estas horas aboca en un estallido social de consecuencias imprevisibles. A quienes tanto les preocupa, entre nosotros, el derrotero recientísimo de la bolsa habría que pedirles que dediquen un poco de su tiempo a preguntarse cómo se han gestado las ingentes ganancias que obtuvieron, y que ahora tan deprisa olvidan, entre 1996 y la primera quincena de agosto. Esa pregunta se cuenta entre las muchas que el ruso de la calle, y las gentes humildes en cualquier lugar del planeta, agradecería que nos hiciésemos.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid
y colaborador de Bakeaz (ctaibo@bakeaz.org)

© Carlos Taibo, 1998; © Bakeaz, 1998.
Publicado en El Correo, 3 de septiembre de 1998.