Ver archivo PDF

 

El agua de los ríos: una gestión sin rumbo
Francisco Javier Martínez Gil


El agua dulce de los continentes es el gran tesoro de la Tierra. Desempeña funciones planetarias básicas, y sostiene todas las formas de vida. El agua es la componente más importante de nuestra ingesta diaria y, a la vez, la vehiculadora universal de gérmenes patógenos. La mayoría de epidemias que todavía azotan a la humanidad son transmitidas a través del agua. El agua potable domiciliaria es, por esa razón, la conquista más irrenunciable del confort cotidiano. Estas dos circunstancias -ingesta y salubridad- deberían por sí solas presidir las esencias de las políticas hidráulicas de cualquier país.

El agua, a través de los ríos, es también sentimiento y cultura; es el símbolo universal de la pureza y la fertilidad. La contemplación del fluir de un río limpio ha tenido siempre un profundo mensaje metafísico para el hombre. En el Corán, los murmullos del agua, su presencia y sus reflejos están integrados como elemento teológico de la belleza cotidiana; y el vaso de agua ha sido en la cultura islámica símbolo de hospitalidad.

El agua es también recurso necesario para un gran conjunto de sistemas productivos, en especial para los agrícolas de regadío y para la generación de electricidad, de los que es su materia prima. Y aquí es donde nace nuestra ambivalencia, la distorsión que hemos creado en nuestras relaciones con el agua.

Pese a todas sus funciones sublimes, valores y simbolismos ancestrales, en nuestra cultura judeocristiana siempre hemos usado el agua en la medida en que la hemos necesitado y dispuesto; nuestro techo ético han sido las limitaciones técnicas de la noria y el azud. De esta forma, el medio hídrico ha sido siempre infinito y el agua un bien libre.

Con la llegada de la industrialización, todo el panorama cambió y lo hizo de forma vertiginosa, en el sentido de que ni el ser humano ni la naturaleza han sido capaces de asimilar las consecuencias negativas -físicas, psíquicas y morales- de ese cambio. Los vertidos residuales pronto empezaron a superar por doquier la capacidad autodepuradora de los ríos, que de esta forma entraron en un proceso de degradación imparable, hasta la destrucción total de sus funciones y el despojo de sus valores y simbolismos.

La tecnología de la obra pública hace hoy posible cualquier fantasía hidráulica. Los ríos, por grandes que sean, pueden ser manejados como si de un juego de niños se tratara. Así, el agua se ha convertido en llave de importantes poderes e intereses económicos y políticos hasta el punto de que fuera de esa realidad resulta vano intentar comprender las políticas hidráulicas desde cualquier racionalidad: económica, hidrológica, social, cultural o medioambiental. Los Planes Hidrológicos de Cuenca en España -recientemente aprobados por el Gobierno- son el paradigma de esa realidad.

Representan una oleada irracional de nuevos embalses, de nuevas fragmentaciones de los sistemas fluviales, de más tramos de ríos de montaña secos, menos espacio para la belleza y menos calidad ambiental. Menos libertad personal, en definitiva. Doscientas nuevas presas, un millón doscientas mil nuevas hectáreas de regadío, más saltos hidroeléctricos y catorce grandes trasvases intercuencas es lo que posibilita la fantasía de esos planes en un medio hídrico que está ya muy deteriorado: el nuestro.

La belleza, los simbolismos, la funcionalidad y el valor de los ecosistemas, la oferta lúdica y escénica, no tienen cabida en esa planificación hidrológica del futuro más allá del discurso vacío, y con frecuencia perverso. Su punto de mira es el mantenimiento de un gran estado de obras y la adquisición de unos derechos concesionales sobre la explotación del agua en esas obras. Esos planes no entienden de cuentas económicas ni sociales, porque al fin y al cabo todos los despropósitos los paga el Estado y a nadie se le van a pedir responsabilidades, por grandes que sean sus errores y disparatados los desvíos presupuestarios.

Es evidente que las exigencias de nuestro moderno sistema de vida requieren una transgresión del orden natural y la renuncia a determinados valores. El problema es hasta dónde es lícito y prudente transgredirlos. Hoy por hoy, nuestra sociedad no relaciona el agua con otras capacidades que las de regar, producir kilowatios y los usos domésticos, urbanos e industriales. Para muchos de nosotros, el agua es simplemente algo que sale de un grifo, por eso no le dedicamos mayores reflexiones.

Sin embargo, un conjunto de razones sociales nos obliga a dar un giro a nuestras conductas frente al agua, y cuanto antes lo hagamos mejor, porque nos estamos quedando sin ríos. Es tiempo ya de instaurar una nueva cultura oficial del agua, que no es sino una forma de gestionar el recurso desde el sentido común, con una chispa de sensibilidad por lo bello; es gestionar desde el conocimiento de la funcionalidad de los ecosistemas, desde la participación, y desde la grandiosidad que el agua representa. Y hay que hacerlo en obligado equilibrio entre los intereses económicos destructivos, en general particulares, y los valores patrimoniales que a todos pertenecen. En la sociedad actual, los usuarios del agua y de los ríos somos todos.

Estamos obligados a instaurar la cultura de la eficiencia y del respeto antes de seguir consumiendo economías públicas y destruyendo patrimonios de naturaleza sin necesidad, sin dejar espacio para los valores escénicos y lúdicos que necesitamos y necesitarán quienes vengan detrás.

Hay esquemas que romper, prerrogativas que abolir, poderosas instituciones del agua que cambiar, leyes que hacer cumplir, y nuevos principios morales que instaurar. El problema es ¿quién va a ser capaz de establecer ese orden en un mundo excesivamente controlado y manipulado por unos poderes fácticos que tienen precisamente su razón de ser en el rumbo opuesto de las cosas? Nuestro actual sistema político tendría que evolucionar hacia la democracia deliberativa que deseamos, y que todavía no es.

No se trata de imponer el fundamentalismo de los valores de la naturaleza frente al desarrollo -como algunos acusan-, sino de crear un estado de cosas en el que el sentido común impere, para poder así adelantarnos a las circunstancias antes de que sus consecuencias negativas se apoderen de nosotros.

Francisco Javier Martínez Gil es catedrático de Hidrogeología en la Universidad de Zaragoza, miembro fundador de Coagret y colaborador de Bakeaz.

© Francisco Javier Martínez Gil, 1998; © Bakeaz, 1998.
Publicado en El Correo, 27 de agosto de 1998.