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Claveles
rojos de mayo
De alguna manera, 1968 es también el inicio del fin de un modelo de sindicalismo que, en sus versiones occidentales y oriental, participó en un mundo en el cual desarrollo y bienestar implicaban, de un modo u otro, poder sindical. Años después, un nuevo modelo de relaciones sociales se impone a partir del ejemplo de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Para superar la crisis económica, la disolución del sindicalismo se convierte en un imperativo categórico: las derrotas que sufre el movimiento obrero en los inicios de los años ochenta son de envergadura; el sindicato minero NUM en Gran Bretaña, o los controladores aéreos de PATCO en los EE.UU., pierden la guerra social tras una larga batalla, y con ellos, el movimiento sindical internacional entra en un periodo de declive de largo alcance. En nuestro país, el tardofranquismo contribuye a que, como casi siempre, nos enteremos tarde de la fiesta. Con todo, en la transición política los sindicatos sólo son legalizados después de los partidos políticos y cuando la división sindical está garantizada. Aún tienen tiempo, sin embargo, las organizaciones obreras hispanas de dar un canto de cisne, el famoso 14-D, que siempre se recordará por el apagón de la televisión. En los años noventa, la década de la integración económica internacional y de la globalización financiera y cultural, la debilidad de las organizaciones sindicales se refleja con fuerza en la escena internacional: en la construcción europea, la carta social, defendida por los sindicatos, no pasa de ser un documento de buenas intenciones sin ninguna influencia práctica. En las comparaciones el sindicalismo sale muy mal parado: por un lado, el casi nulo perfil sindical de la Cumbre Social de Copenhague, hasta hoy el intento más importante de modificar la orientación básicamente neoliberal de las agencias internacionales y multilaterales; o el fracaso del sindicalismo internacional -y de paso de la OIT- en lograr incorporar la cuestión de los derechos laborales a la agenda del comercio internacional. Por el contrario, Greenpeace y el conjunto del movimiento ecologista, con una estrategia bien diseñada de información a la opinión pública, despertaron la preocupación medioambiental entre los ciudadanos de todo el mundo aprovechando la Cumbre de Río, y lograron que la OMC incorporase en su diseño un espacio para los temas ambientales relacionados con el comercio. Sin duda, estas diferencias reflejan el grado de confianza y de involucramiento de los miembros en las actividades de las organizaciones internacionales. Lo mismo que las finanzas de las organizaciones: en los años noventa, la CIOLS, que es la organización internacional más importante de los sindicatos de todo el mundo, recibía de sus 113 millones de afiliados en torno a 1.500 millones de pesetas, mientras que Amnistía Internacional recibía de sus donantes y su aproximadamente un millón de socios unos 2.600 millones de pesetas anuales. O Greenpeace, con 43 millones de miembros, colectaba 24.000 millones de pesetas al año. En los últimos años, la pérdida de base sindical como consecuencia de la precarización de los mercados de trabajo (auge del desempleo y de los contratos basura) ha llevado a los sindicatos a intentar recuperar una propuesta histórica, que ejerció gran influencia en la conformación de las organizaciones sindicales contemporáneas: la reducción de la jornada de trabajo. Sin embargo, las diferencias son sustanciales con la reivindicación de la jornada de ocho horas en el primer tercio de siglo: entonces era una demanda directamente sentida por parte de los trabajadores, sometidos a intensas y agotadoras jornadas de trabajo. Hoy se presenta como una reivindicación con un tenue contenido personal, y un perfil político diferente en varios aspectos, entre los cuales no es el menos importante el que hoy los sindicatos necesitan mejorar la calidad del trabajo y el volumen del empleo, por una cuestión de propia supervivencia. Actualmente son los dirigentes sindicales los que viven con preocupación el creciente enquistamiento corporativo de sus bases afiliativas. Las estrategias defensivas de los sindicatos en las empresas han liberado el terreno para que otros, los no afiliados, carguen con las peores consecuencias de la desregulación del mercado de trabajo. Son los trabajadores temporales, los no afiliados, los que trabajan horas extras sin cobrarlas, los que se mueren en los accidentes laborales, los que trabajan sábados y domingos, los que en el paro no cobran seguro de desempleo ni tienen acceso a jubilaciones anticipadas. No obstante, en unas sociedades tan desestructuradas como las actuales, en las que la privacidad se confunde con el egoísmo y lo social con salir de copas, los sindicatos siguen siendo una de las pocas estructuras de potencial participación colectiva y elaboración de alternativas de sociedad. La disyuntiva real a la que se enfrentan las organizaciones sindicales consiste en reinventarse como movimiento nacional e internacional de solidaridad, vinculado a otros movimientos sociales realmente existentes, o incorporarse a una estrategia de defensa de intereses corporativos locales y de cooperación al desarrollo subordinada al Estado. La solución por la que apuesten marcará sin duda los perfiles de la sociedad del futuro inmediato. Mientras tanto, la reivindicación en este Primero de Mayo de las 35 horas, sin una adecuada pedagogía orientada a que los propios afiliados entiendan y asuman los sacrificios que la generalización de esta medida representaría para muchos de ellos, no augura que se vaya a pasar a corto plazo de la retórica de la intransigencia a la práctica de un nuevo sindicalismo capaz de dar cuenta de las fracturas sociales instaladas en el mundo del trabajo. Joaquín Arriola es profesor de Economía de la UPV/EHU e investigador de Bakeaz (jarriola@bakeaz.org) ©
Joaquín Arriola, 1998; © Bakeaz, 1998. |