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Ojo
con las intervenciones interesadas
La actitud de la Unión Europea en relación con el proceso de Argelia en mucho recuerda a algunos de los datos que se hicieron valer, un lustro atrás, en la antigua Yugoslavia. En uno como en otro caso, y por lo pronto, es difícil atribuir a los agentes externos -y a la UE entre ellos- una responsabilidad significada en la gestación del conflicto. Por lo que a Argelia respecta, y aunque es verdad que una conflictiva colonización, la liviandad de la ayuda económica al Sur del Mediterráneo y los desmanes de la política norteamericana en el mundo árabe algo tienen que ver con el auge del integrismo islámico, sería excesivo convertir a la UE en responsable directa de semejante pujanza. Claro es que, a medida que los acontecimientos han ido cobrando cuerpo, han adquirido grosor, también, los pecados de la Unión Europea. Podemos reducirlos a dos. El primero fue, cómo no, legitimar un golpe militar impresentable que a la postre hizo, se diga lo que se diga, que las cosas empeorasen. El segundo ha consistido en creer a pies juntillas el cuento de hadas que ofrece el Gobierno argelino y que invita a dar crédito a la idea de que no hay en el país otra violencia que la protagonizada por los radicales islámicos. Alguien podrá sentirse tentado de agregar que si la UE se ha mostrado propicia a respaldar un golpe y aceptar una versión visiblemente adulteradora de los hechos, ello ha sido así porque sus intereses económicos -y en particular los vinculados con el gas natural- se han visto genéricamente respetados. De ajustarse a la realidad la visión de los hechos que acabamos de enunciar -y las declaraciones recientes de portavoces comunitarios parecen ratificarla-, habrá que convenir que no coloca a la UE en buen lugar si lo que se desea es convertirla en un agente adecuado de intervención humanitaria. Muy al contrario, nos obliga a recordar cuáles son las dobleces que rezuman algunas de las prácticas contemporáneas de esa modalidad de intervencionismo. Y es que parece lícito sospechar que en muchos casos el objetivo del intervencionismo humanitario no es, en modo alguno, defender la justicia o socorrer a las víctimas, sino, antes bien, garantizar la preservación de intereses que en el ejemplo que nos ocupa podrían ser puestos en jaque por una eventual generalización del conflicto. Tampoco es desdeñable, en un plano paralelo, que el propósito encubierto de determinadas operaciones consista en defender otros intereses, los de nuestros aliados, y ello aun cuando éstos -los militares argelinos- no sean precisamente ejemplos granados de respeto de los derechos humanos. Argumentos como los invocados obligan a preguntarse, una vez más, en qué medida las grandes potencias son agentes ecuánimes a la hora de acometer intervenciones humanitarias. O, en otras palabras, en qué medida el intervencionismo humanitario no es sino una más de sus estrategias -hoy por hoy en estadio experimental-, adobada de tan inteligentes como sugerentes mensajes. Lo común es, por otra parte, que los adalides del intervencionismo humanitario reivindiquen una política de borrón y cuenta nueva que haga olvidar el sinfín de carencias exhibidas en el pasado por las políticas oficiales. Bastará con recordar al respecto el respaldo aportado por la UE a tantos desafueros protagonizados por Estados Unidos en el mundo árabe, y en particular a los vinculados con un doble rasero que alienta golpes de Estado en Argelia, pero permite se mantengan en el poder autócratas en Arabia Saudí, Kuwait o Marruecos. Bueno es que recordemos, en fin, que en el caso de Argelia no resulta sencillo invocar, como eventual explicación del repentino furor intervencionista exhibido por la Unión Europea, el deseo de dar satisfacción a las demandas formuladas por una opinión pública descontenta. Lamentablemente, y en esto sería pueril echarle la culpa a los gobiernos, nuestras opiniones públicas están interesadas por otras cosas. En lo que a Argelia respecta, ni siquiera se ha hecho sentir la protesta, las más de las veces testimonial, que suscitó en su momento el genocidio bosnio. La explicación, me temo, es sencilla; el Mediterráneo separa dos civilizaciones, y nuestro interés por lo que ocurre en la otra es muy reducido. A casi todos los efectos, y con las sonoras excepciones de militares a la caza de amenazas y de ejecutivos en busca de gas natural, Argelia está tan lejos como Malasia o el Congo. Carlos
Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma
de Madrid ©
Carlos Taibo, 1998; © Bakeaz, 1998. |