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La
invención de España
Pero la saludable provocación que el libro parece rezumar se queda, por desgracia, en el título: la obra es la invención de otra tradición en un escenario -el nuestro- en el que no es difícil columbrar los intereses a que responde. El objeto de esta nueva invención no es ya un agregado de hechos históricos poco menos que predestinados a la manipulación: lo aportan, por el contrario, los propios pensadores liberales que, cien años atrás, reflexionaron sobre el ser de España y que hoy, conforme a la lectura de Fox, le regalan una imagen halagüeña a un nacionalismo bien necesitado de ella. Semejante operación de relectura, que trasciende con mucho la obra de Fox e inspira un sinfín de tomas de posición contemporáneas, se asienta en varias urgencias. La primera no es otra que una formidable y transgresora inversión de conceptos manidos: si la tesis tradicional reza que el nacionalismo español ha sido siempre, y por definición, tradicionalista, ultramontano y pendenciero, nada mejor que arrinconar por completo esta dimensión y reivindicar la contraria. Aunque nada hay de malo, y mucho de ejercicio legítimo, en subrayar que existe una versión liberal de ese mismo nacionalismo, a duras penas puede aceptarse, en cambio, que esta última lo llene casi todo. La operación resulta tan patética como la que diese en presentar en clave inequívocamente progresista la historia del Ejército español de los dos últimos siglos. Así las cosas, antes que una invención en sentido propio, la tradición liberal del nacionalismo español retratada en el libro de Fox es una distorsión, tanto más cuanto que en muchos de sus tramos el pensamiento del autor parece abocar a una más que discutible conclusión: la de que, a diferencia de los discursos cimentadores de los nacionalismos vasco y catalán, que se caracterizan por una omnipresente irracionalidad, el nacionalismo liberal español se ha mostrado las más de las veces tolerante y reflexivo. Dejemos ahora de lado algo importante: con una dialéctica como ésta, en la que una de las partes, maquillada, sale claramente bien parada, es difícil entender tensiones y conflictos. Mayor enjundia tiene el hecho de que tirando piedras sobre su propio tejado, el libro de Fox revela varias circunstancias interesantes. Si la primera es lo poco que los intelectuales liberales españoles -con alguna sonada excepción- han reflexionado sobre la periferia peninsular, la segunda remite a la paranoica atención que le han dispensado, en cambio, al estéril estudio de los caracteres psicológicos del español. Valga esto último para subrayar que, lejos de la pretendida tolerancia y de la racionalidad que acabamos de glosar, muchas de las aproximaciones que a estas cosas han realizado los intelectuales liberales tienen una condición estético-literaria que por fuerza obliga a rebajar sus ínfulas. Pero no sólo se trata de eso: en el sigiloso proceso de invención de una nueva tradición a menudo se olvida la naturaleza, casi siempre hipercentralizadora, de un liberalismo que, al tiempo que perfilaba el concepto de museo y abría las colecciones de arte a los ojos del populacho, bien se cuidaba de limitar el alcance de la operación a las capitales de los Estados, en donde, y al cabo de singularísimos saqueos, empezaban a arracimarse pinturas y esculturas. Semejante comportamiento, tan poco democrático como el de sus émulos tradicionalistas, permite comprender acaso por qué la tentación autoritaria en modo alguno fue ajena -como bien subraya el propio Fox- al designio de muchos de los intelectuales liberales. Quede para el final la mención de algo que tiene su importancia. La invención de una nueva tradición a duras penas podía escapar al despliegue de sutiles manipulaciones lingüísticas. En el libro de Fox se desliza una de ellas, no exenta de ingenio: la que da en distinguir entre el nacionalismo español, por antonomasia liberal, y el nacionalcatolicismo, preñado de todos los pecados que hasta hace bien poco se atribuían al primero. Este ejercicio de manipulación, que nada ayuda a comprender la realidad, es tanto más irritante cuanto que no se acepta de buen grado -vaya por delante que en este caso el reproche no va dirigido a Fox- que se asuma la misma operación con los nacionalismos vasco, catalán o gallego. Porque a la postre, y en la misma estela, hay quien podría definir interesadamente el aranismo, y con él muchas de sus secuelas, como un genuino nacionalcatolicismo y liberal así a las versiones cívicas del nacionalismo vasco contemporáneo, que también las hay, aunque a menudo se olviden, de un puñado de incómodos tributos. Carlos
Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma
de Madrid ©
Carlos Taibo, 1998; © Bakeaz, 1998. |